Ygdrasil. Jorge Baradit.

Hacía muchos años que los primeros parrafos de una novela de ciencia ficción no me sorprendían y atrapaban  tanto.

Creo que desde el Hyperion de Simmons:

“En el balcón de su negra nave espacial, el cónsul de Hegemonía tocaba el Preludio en do menor de Rajmaninov en un antiguo pero inmaculado Steinway, mientras grandes y verdes saurios bramaban en los pantanos. Una tormenta avanzaba hacia el norte. Negros nubarrones cubrían el bosque de gimnospermas gigantes mientras los estratocúmulos se elevaban a nueve kilómetros de altura en un cielo violento. Los relámpagos rasgaban el horizonte. Cerca de la nave, formas reptilianas tropezaban con el campo de interdicción, ululaban y se alejaban entre brumas azules. El cónsul se concentró en una parte espinosa del Preludio e ignoró la proximidad de la tormenta y el anochecer. Sonó el receptor ultralínea.

El cónsul se detuvo, los dedos aleteando sobre el teclado, y escuchó. Rodaban truenos en el aire denso. En el bosque de gimnospermas aulló una manada de bestias carroñeras. En la oscuridad, un animal de cerebro pequeño chilló su respuesta y calló. El campo de interdicción añadió subtonos sónicos al repentino silencio. La ultralínea sonó de nuevo”.

Esta vez ha sido el chileno Jorge Baradit con el comienzo de su novela Ygdrasil:

“Relato fidedigno del hallazgo de un cuerpo extraño en el estómago del desierto. De su origen y de todo lo que hubo de ocurrir una vez desatados los acontecimientos

Es el atardecer de la segunda semana de febrero. Como todos los días a esta hora, la boca monstruosa de la Coatlicue devora los colores, la luz y el calor de la tierra con su lengua helada llena de estrellas. La vida del planeta se diluye lentamente por el oriente. Un náhuatl mira melancólicamente hacia las nubes. La noche derrama sus negras lágrimas sobre el cielo de México, y los engranajes del calendario celeste,
con su caligrafía congelada, solo le confirman aquello que su estirpe sabe hace décadas: la matemática ha tropezado consigo misma, los números están fallando, la realidad agoniza. A solo unos kilómetros de allí, un hombre pintado de azul se arrastra dolorosamente por el centro geométrico del desierto de Sonora. Arañando la tierra con sus gemidos. Parece el espíritu del desierto que muere, saliendo a jirones por la boca del desgraciado en forma de cuchillos kirlian y frecuencias electrónicas desgarradoras. Lloran todos los médiums en ochocientos kilómetros a la redonda, porque dondequiera que miren se les aparece el rostro desfigurado del doliente. Los aullidos del hombre pulsan como una inflamación en los escáneres; son rítmicos a la manera de un código o una serie matemática, espasmos binarios de dolor digital. Una estridencia astral que copa los receptores de microondas, y que ha mantenido despierta a la unidad del ejército mexicano Itzcuauhtli toda la noche frente a los monitores”.

Un gran escritor se reconoce desde la primera frase. Una gran novela también.

(descargar aquí los primeros capítulos en pdf)

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