El caballo del Tour

En un simple minuto está la Eternidad. Está Dios.

No el paisanete de barba. No.

El Océano Consciente de Energía Vibrante en el que nadamos

que danza sonriendo,

fluyendo vida a cada instante.

Fue a finales los ochenta. Posiblemente estaban Hinault, Fignon, Greg LeMond. He buscado por Internet sin éxito. Me gustaría ponerle nombre a la etapa, a los corredores. Pero quizá es mejor así.

Este video, que  viví en directo en su día, me sigue produciendo genuinas lágrimas y estúpidas sonrisas. Es la máxima expresión que jamás he visto de espontaneidad, de libre albedrío, de feliz tranquilidad. De ese impredecible fluir de la vida -de todo lo viviente- en musical armonía con el TODO.

No es como el video del gol de Maradona, -EL GOL- que siempre me pone los pelos como escarpias y que nueve de cada diez veces me llena de agua los ojos. Inevitablemente asociado a la narración de Hugo Morales.

Está vivo. Late.

Pero es mucho más épico, casi bélico.

El caballo no. El caballo es simplemente libre, espontáneamente natural;

Cósmico.

Su danza no tiene un objetivo, una meta. Corre porque quiere.

Encarna tanto, simboliza tanto, que sólo puedo contemplarlo otra vez más y tratar de no intentar verbalizar las sensaciones.

Por favor, vedlo de nuevo. Sentidlo. Bailad con él. Es hermoso, arquetípico, básico, eterno.

Sólo hay otro momento que me ha transmitido sensaciones  de espontánea libertad semejantes, aunque no tan intensas.

Puro Chi en acción.

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